Anécdota 1. Terminan los años 80 y se debate la posibilidad de sancionar una ley de divorcio. El comité capital del Partido convoca a sus militantes y explica el plan. Se trata de poner mesas de difusión en cada esquina de la calle Corrientes y difundir una postura favorable al divorcio. Tomar contacto con la gente y explicar que el divorcio es la mejor manera de defender la familia. Al principio nos desconcertamos pero luego el dirigente explico pacientemente. “Actualmente –dijo- hay familias que se destruyen porque los cónyuges no pueden seguir viviendo juntos pero lo hacen igual por la inexistencia del divorcio. Gracias al divorcio se pueden formar nuevas familias con personas que quieren estar juntas”. Salimos entusiasmados con la consigna a propagar la buena nueva. Promediando la actividad se acerca el típico barbudo bienpensante que pulula por Corrientes Avenue y me comenta con aires preocupados: “Me resulta raro que un partido revolucionario se proponga defender la familia”, y es lo único que logro escuchar mientras intento venderle el periódico. La frase barbuda queda rebotando en mi mente. Ni bien retorno a casa vuelvo a hojear El origen de la familia, la propiedad privada y el estado de Federico Engels.
Y sí, el libro era bastante claro: por lo visto, los marxistas no deberían defender la familia. Lejos de esta pretensión, en el libro se afirma que la familia monogámica “Se funda en el predominio del hombre; su fin expreso es el de procrear hijos cuya paternidad sea indiscutible; y esta paternidad indiscutible se exige porque los hijos, en calidad de herederos directos, han de entrar un día en posesión de los bienes de su padre”. Ciertamente no parece Engels comprometido en la defensa de los valores familiares e incluso, sin abandonar un punto de vista predominantemente económico, se revela como feminista antes de su tiempo. Esto se evidencia cuando, en páginas posteriores, anuncie que el derrocamiento del derecho materno por la familia monogámica fue la gran derrota histórica del sexo femenino. En un futuro no tan lejano Simone de Beauvoir va a agradecer mucho estas líneas.
Recapitulando, la familia es una institución cuyo fin es garantizar la propiedad y la monogamia. Se afirma luego que se trata de una forma de la esclavización de un sexo por otro. En fin, me parece que si Engels hubiese pasado por la calle Corrientes aquel día no me hubiese dicho nada diferente de lo que me dijo el barbudo bienpensante… es más, sospecho que aquel barbudo no era otra cosa que una encarnación del mismísimo Federico.
Me entusiasmo con la lectura y leo que “La monogamia es la forma celular de la sociedad civilizada, en la cual podemos estudiar ya la naturaleza de las contradicciones y de los antagonismos que alcanzan su pleno desarrollo en esta sociedad”. Había aprendido en el secundario que la familia era la célula básica de la sociedad pero aquí se sube la apuesta y se afirma que la monogamia es el centro de los antagonismos que se desarrollan a escala social. Familia igual monogamia igual propiedad parece ser la fórmula. Hippies, libertarios, poliamorosos y, otra vez Simone, sonríen satisfechos.
Hasta acá venimos fenómeno, pero la siguiente frase me llena de inquietud: “Pero dado que, por su propia naturaleza, el amor sexual es exclusivista -aun cuando en nuestros días ese exclusivismo no se realiza nunca plenamente sino en la mujer-, el matrimonio fundado en el amor sexual es, por su propia naturaleza, monógamo”. La unión de esta cita con la anterior puede conllevar consecuencias funestas para el campo emancipatorio. Si antes la fórmula era familia monógama igual propiedad privada, ahora se desliza como al pasar que el amor sexual es exclusivista -o sea monógamo- por naturaleza. La monogamia es la base subjetiva de la propiedad y ésta es inevitable por su propia naturaleza, por ende, si hay amor sexual habrá propiedad privada y capitalismo. Amor sexual o Emancipación es la consigna. Ante semejante opción, digamos que las posibilidades de la revolución disminuyen fuertemente.
Mis investigaciones sobre el tema se vieron suspendidas súbitamente. Unos meses después era expulsado del Partido y un par de años después me separaba de la monogamia. Sin embargo, la duda que me plantó el barbudo iba a seguir trabajando unos cuantos años después.
Anécdota 2. Ahora estamos en la primer década del siglo XXI y se está por promulgar la ley de matrimonio igualitario. Se prepara una gran marcha para apoyar esta iniciativa y lxs activistas diversxs están de parabienes. Por todas partes se habla del tema y no es ajeno a esto el programa radial de Alejandro Dolina. Entre los correos que llegan al estudio uno interroga acerca de la posición del conductor radial sobre el matrimonio igualitario e incluso le pregunta si irá a la marcha. Se hace un largo silencio y Dolina responde que no cuente con él en esa marcha; que igualitario o no, el matrimonio es una institución detestable, que sí participaría en una marcha contra el matrimonio.
La anécdota tiene cierta gracia si consideramos que Dolina es un peronista ortodoxo que supo acompañar a Ruckauf y el oyente que envió el correo probablemente fuera de izquierda o, por lo menos, progresista. Sin embargo, aún en la agenda de la izquierda está presente la reivindicación por el matrimonio igualitario. Se considera que es una ampliación de derechos, que permite la adopción, que posibilita la herencia o que no deja indefenso a nivel patrimonial a quienes compartieron una vida juntos. Todo esto es rigurosamente cierto, pero también es evidente que no se señalan los aspectos perniciosos que la institución matrimonial conlleva. Se omiten prolijamente los vínculos entre matrimonio y propiedad privada, y ni hablar de que se naturaliza la monogamia.
El escozor que produce la defensa acrítica del matrimonio me reenvió a las inquietudes que un par de décadas antes me había producido la defensa izquierdista del divorcio como reaseguro de la institución familiar. Mis lecturas ya no eran las mismas y si bien el cuerpo de la doctrina marxista es bastante más avanzado que las prácticas actuales de los partidos de izquierda, también es cierto que el problema que se me había presentado un tiempo atrás permanecía irresuelto. Si efectivamente el amor sexual es el combustible que alimenta el sistema de la propiedad, pues habría que revisitar este tema.
Desde hace un tiempo viene preocupándonos en la revista el tema del deseo. Asentados en una facultad repleta de activistas, estamos atravesados por discursos que hacen centro en una versión restringida de la política. La política que se declama acepta, en líneas generales, la división entre lo público y lo privado, por lo que amplias esferas de la vida quedan fuera de sus preocupaciones. Aquella consigna feminista de que la revolución se hace en las plazas y en las camas definitivamente no está de moda en Sociales. La defensa a ultranza de la familia que es regla en Trabajo Social y en muchas materias de Sociología no es problematizada por parte de los estudiantes. Los autores que tematizan estos temas están ausentes en los programas y afirmaciones -como las de Wilhem Reich- acerca de que las masas desearon el fascismo son desconocidas y provocarían ciertamente un rechazo unánime en un ambiente de fuerte predominio populista…
Incluso entre las personas de Eskalera reunidas para investigar el tema del deseo nos resulto conflictivo pensar el tema de la familia, el deseo de la familia. Luego de arduas discusiones recalamos en Deleuze y Guattari y vimos que estos se ocupaban ampliamente del tema y planteaban posibles soluciones a los dilemas que aparecían sin resolver en los textos de Engels. Reivindican a Marx y a Freud por sus descubrimientos, pero los ponen a jugar de una manera distinta a la que conocíamos, por ejemplo, en Reich. Dice uno de los franceses: “Cuando Marx buscó el acta de bautismo de la economía política burguesa, su respuesta es muy clara: Ha sido fundada en el momento en que la esencia de la riqueza ya no se relaciona con un elemento objetivo exterior extrínseco sino con una actividad subjetiva en tanto tal”. Antes de este momento, se creía que el origen de la riqueza provenía de la tierra o del Estado, o sea, de elementos objetivos exteriores. Ahora se va a afirmar, en cambio, que este origen proviene de una actividad subjetiva, la actividad productora en general. Sin embargo, esa actividad productora en general va a ser rápidamente capturada por una determinación (ahora subjetiva) que es la propiedad privada. La economía política burguesa va a terminar subordinando la actividad creadora del trabajo al capital.
Freud habría hecho un descubrimiento similar al de Marx. Como resultado de sus investigaciones sobre el deseo, postula que la satisfacción de este no se halla atada a ninguna determinación exterior. No hay un objeto que pueda satisfacer la actividad productora deseante: “Freud rompe con el sistema de representación objetiva que relacionaría el deseo a los elementos extrínsecos –a los objetos, a los fines- y descubre su esencia subjetiva como líbido”. Hasta aquí la similitud con Marx, pero luego el Dr. va a recaer en el mismo tipo de pecado que había cometido la economía política burguesa. Freud descubre la líbido, pero “al mismo tiempo, la realiena ya no en un estado de cosas, sino en algo que va a ser como el equivalente de la propiedad privada. Esta esencia del deseo, determinada como líbido, va a ser realineada en acto, en su mismo acto, en el acto familiar”
De esta forma, la economía política burguesa y el psicoanálisis se parecen y se necesitan. Dirá Deleuze que si la economía burguesa desarrolla la axiomática del capitalismo, entonces el psicoanálisis es una aplicación de esta axiomática. Pero ¿qué es la axiomática? Sabemos que los franceses coquetean con las ciencias duras, en especial las matemáticas o la geometría, y siempre que pueden deslizan conceptos de esas disciplinas en su propio aparato teórico. La axiomática es un sistema de reglas finitas que permite la estructuración de una materia infinita, afirma con aires de misterio. Se podría decir, de un modo quizás más accesible, que la actividad del socius encierra más posibilidades que las que acepta la gramática capitalista; que la actividad productora y deseante puede no quedar atrapada en las mallas de la propiedad y la familia.
De este modo, algunos de los enigmas que heredábamos del texto de Engels empezaban a tener respuesta. Si el aporte de Federico era relevante, lo era especialmente porque establecía un nexo entre deseo y propiedad, inédito para la época, pero por las limitaciones propias de su tiempo solo concebía el amor en su forma exclusivista, o sea, propietaria. En el esquema de Deleuze, el deseo desborda cualquier estructura, por lo que puede también alimentar opciones alternativas a la axiomática capitalista. Respiramos aliviados: puede haber amor sexual y socialismo al mismo tiempo. Pero....
Anécdota 3. Esto fue ayer nomás. Estoy en clase en el conurbano bonaerense y venimos debatiendo acerca de la moral y la ética. Nos preguntamos acerca de la discriminación y unas chicas animan a un estudiante a que cuente la historia de su prima. La historia es corta: la prima es lesbiana y tiene una novia, los padres descubren el romance y luego de golpearla la echan de la casa. Pregunto cuál es el problema con la orientación sexual de la chica. Se quedan pensativos y contestan: en el barrio se dice que la familia no la supo criar bien y el estudiante primo agrega que esto es cierto, que como no le daban bola terminaba jugando al futbol con los pibes y esto la hizo así, lesbiana. Fiel al estilo filosófico insisto con la pregunta. ¿Y cuál es el problema con esto? Larga meditación en el aula conurbana mientras afuera los del municipio cortan el pasto con la maquina a todo volumen. Alguien se envalentona y grita sobre el ruido: “Lo que pasa es que no le va a dar nietitos”. Esto concita gestos aprobatorios. Les recuerdo que con la reciente sanción del matrimonio igualitario está garantizada la descendencia para personas del mismo sexo, y me acuerdo de las palabras lapidarias que pronunció Federico sobre el matrimonio. Esto quizás haya alegrado a la familia de la chica porque unos meses más tarde la habían aceptado de vuelta en el seno familiar.
No sabemos qué hubiese pensado nuestro Federico E. del amor sexual entre chicas. Sin embargo, seguro se sorprendería de la flexibilidad de la que es capaz la axiomática capitalista, que puede conjugar en su seno cualquier enunciado que no contradiga la propiedad privada. La familia acepta a la chica diversa cuando percibe que puede haber nietos con derechos, que se puede reproducir más familia. En fin, que no resulta tan grave lo de la chica.
Luego de este recorrido termina quedando claro que el barbudo que pululaba por Corrientes estaba asistido por la razón. Definitivamente era extraño que un partido revolucionario defendiera a la familia. Definitivamente, también tenía razón cuando me rechazó el periódico que yo le ofrecía. Supongo que, al igual que a Dolina, jamás lo encontraríamos marchando por la legalización de ningún matrimonio. Desde aquel día decidí dejarme la barba y no emprendo largos viajes sino es con El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado en mi maleta.




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