viernes, 16 de mayo de 2014

BERGOGLIO / FRANCISCO

 “No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios”

“Está en juego la identidad, y la supervivencia de la familia: papá, mamá e hijos. Está en juego la vida de tantos niños que serán discriminados de antemano privándolos de la maduración humana que Dios quiso se diera con un padre y una madre. Está en juego un rechazo frontal a la ley de Dios, grabada además en nuestros corazones”

“Aquí también está la envida del Demonio, por la que entró el pecado en el mundo, que arteramente pretende destruir la imagen de Dios: hombre y mujer que reciben el mandato de crecer, multiplicarse y dominar la tierra”






"Sólo una madre y un padre pueden decir con alegría, orgullo y responsabilidad: vamos a ser padres, hemos concebido a nuestro hijo”

"El matrimonio es entre un hombre y una mujer (…) pero tenemos que ver los diferentes casos y evaluarlos en su diversidad”

“¿Quién soy yo para juzgar a los gays?”

ANALIZANDO A DEXTER MORGAN


“Dexter” es una serie norteamericana que se emite por el canal de cable Showtime desde 2006  y que cuenta la historia de un asesino serial cuya característica peculiar es que solo mata a otros asesinos. Una rápida interpretación del nudo de la historia podría hacernos pensar que se trata de un asesino justiciero: alguien que ejerce por ley propia aquello que la ley común no lograría ejercer. Sin que podamos decir que esta interpretación es incorrecta, se puede extraer de esta historia algo más que solo el problema de cómo calificar a este asesino. La serie propone, no solo mediante la figura de Dexter Morgan sino también en otros personajes relevantes en cada una de las temporadas, toda una explicación acerca de cómo llega a existir un asesino serial y como funcionaría su deseo. Se puede decir que la serie nos da todo un estereotipo de lo qué deberíamos esperar y entender por un asesino serial (algo que la televisión suele hacer magistralmente), pero también nos da a entender aquello que deberíamos hacer con él (si es que deberíamos hacer algo). 

En este articulo trataré de mostrar cómo estas interpretaciones están sostenidas bajo los presupuestos del discurso psicoanalítico como explicación subyacente; que estos juicios, mas que ayudarnos a comprender porque un hombre decide matar o no, están construidos para guiar la acción: para intervenir, separando “la paja del trigo”, actuando con el consenso del sentido común moralizante y ayudándonos, indirectamente, a reasegurarnos en nuestra aparentemente “tranquila” normalidad.    

La muerte, el padre y el relato


Para empezar, conviene conocer un poco la historia. Dexter es un analista de sangre que trabaja para la policía de Miami analizando las manchas de sangre producidas en las escenas de crimen que son investigadas por Homicidios. El no es específicamente un policía sino que más bien sería un analista de la policía, pero para el caso no hay gran diferencia ya que trabaja en un departamento de investigación de crímenes en el que su hermana es una de los detectives principales y mas tarde se convierte en la jefa de todo el departamento. 

El hecho de que él y su hermana trabajen allí se debe a que su padre adoptivo fue policía en ese departamento, por lo que les heredo a él y a su hermana esa carrera. La explicación de por qué Dexter llego a ser adoptado por un policía es un punto importante en la historia: este fue encontrado en un conteiner en el que había quedado atrapado cuando su madre fue asesinada por una banda de narcotraficantes. Lo cierto es que Dexter perdió la memoria de ese incidente por lo que solo mucho después logra averiguar cuales habían sido las circunstancias en las que el padre lo había adoptado; recordando también que en ese hecho traumático no había estado solo sino que junto a él un medio hermano suyo, del que Dexter fue separado, había presenciado la escena sanguinaria. La razón por la que la madre de Dexter fue asesinada es que ella estaba dando información a la policía sobre esta banda, (específicamente al policía que luego lo adopto) por lo que ese asesinato se hallaba directamente involucrado con su colaboración para la policía. 


Y aquí comienza la explicación psicológica del drama: Dexter se habría convertido en asesino a raíz del hecho traumático que vivió de niño al presenciar la sanguinaria muerte de su madre y a su  permanencia de  varios días encerrado junto a un charco de sangre. Mucho tiempo después Dexter se reencontrará con su medio hermano, ya que es uno de los asesinos a los que estaba investigando el departamento de policía, y se dará cuenta entonces que a este, al igual que a él, le da por matar gente. La explicación es clara: el deseo de matar nace en alguien que ha producido o presenciado directamente un asesinato y que, bajo los efectos de ese hecho traumático, desarrolla un deseo hacia la muerte. Este deseo tiene una forma particular de denominarse en esta historia, Dexter lo llama “the dark passanger” (el pasajero oscuro), lo cual expresa que un deseo de dar muerte lo habita y al cual él siente la necesidad de dar satisfacción.   

Esta misma estructura explicativa se repite en otros personajes que van apareciendo a lo largo de la historia: en primera instancia en su hermano, Brian Monser, asesino con el que se reencuentra mucho tiempo después y que descuartiza a la gente igual que Dexter. Pero también Lila, una artista plástica de la segunda temporada que le da por matar gente quemándolos con sus casas, deseo que le naciera a partir de su separación de un novio al que dejo y al mismo tiempo aprovecho y lo quemo con su casa. O a Miguel Prado que vivió la violencia de sus padres de pequeño y le pide a Dexter que le enseñe a matar gente ya que también sentía deseos de dar muerte.

En todos los casos los asesinos son presentados como enfermos: su enfermedad radicaría en la propia “necesidad” que poseen de matar, a partir de la cual ellos son los poseídos. El evento de muerte marcaría a estas personas de un modo permanente de tal forma que solo podrían continuar viviendo emulando o repitiendo aquello que los ha marcado y de lo que, al parecer, no podrían desvincularse. Es decir, el deseo es enfermizo pues está asociado a la repetición del trauma en lugar de orientarse a la desvinculación de él.

Pero en el caso de Dexter se dan otras particularidades: como él fue criado por un policía que entendió que Dexter se convertiría (irremediablemente según la historia) en un asesino serial, este le enseño a su hijo a canalizar su “necesidad” de una forma, como si dijéramos, “socialmente aceptable”. Le enseño que debía evitar ante todo ser descubierto, evitando dejar cualquier tipo de huella, mancha de sangre o vestigio del asesinato . A su vez, le enseño que este deseo debía ser canalizado de una forma que no se dañase a un “inocente” sino a alguien que “mereciera morir”, razón por la cual Dexter solo mata a otros asesinos. Dexter llama a esto su “código”, y es este código que el lleva lo que nos da a entender que este asesino no solamente desea matar sino que también desea otra cosa: ser normal.


Ahora bien, ¿qué significa ser normal para Dexter?, ¿cómo explica esta historia la normalidad? De acuerdo al relato de su padre, Dexter no es una persona normal sino que su deseo de matar se halla directamente vinculado a su incapacidad de sentir, en particular de sentir culpa, por las muertes que genera. Dexter crece pensando que su única forma de vivir es disimulando ser quien es, simulando los sentimientos hacia su hermana adoptiva, a su mujer, etc. porque él realmente, según el relato de su padre, “no tendría sentimientos”. De hecho esto se vuelve un padecimiento que solo puede mitigar frente a otros asesinos: solo se llega a sentir realmente sincero consigo mismo frente a los asesinos a los que esta por asesinar, a quienes no tiene que esconderles su condición de asesino. Dexter vive su vida de acuerdo al relato de su padre con el que, a pesar de estar muerto, “habla” permanentemente, ya que padece alucinaciones. Se trata de un asesino con complejo de Edipo, pero esto no lo hace para nada anormal sino todo lo contrario. El verdadero problema de Dexter no es que es un asesino serial (o por lo menos ese no es su único problema), sino que vive su vida de acuerdo al relato de su padre, desde el cual el solo puede ser un “monstruo”.

Pero, ¿qué es un monstruo? ¿Es Dexter realmente un monstruo? ¿Qué lugar tiene la monstruosidad en la definición de la anormalidad? Tal vez Foucault pueda ayudarnos con esto.

Los hombres y los monstruos     


Según Foucault, la noción de monstruo ha tenido una importancia fundamental en el desarrollo de la psiquiatría moderna ya que esta concentra en aquella, y en otras dos figuras posteriores (el niño masturbador y el indisciplinado), las razones que contribuyeron al desarrollo de la psiquiatría en el siglo XIX. La monstruosidad es una categoría que, por sus características, une dos dominios del saber, el dominio jurídico y el biológico, constituyendo un campo de fenómenos distinto a ambos sectores y sobre el cual se desarrollará la psiquiatría. Sin embargo la monstruosidad no comienza en el siglo XIX sino que este dará, como si dijéramos, su propia interpretación de la monstruosidad.

Durante la edad media el monstruo había sido asociado a la mezcla, a la combinación de elementos que no son propiamente de la misma naturaleza y que dan como resultado un ser que es, por ejemplo, en parte bestia y en parte hombre. Pero la monstruosidad no sería solo una transgresión a la naturaleza sino que supondrá también, implícitamente, una transgresión a la ley civil, religiosa o divina, ya que, entre otras cosas, le generará un enigma a la ley sobre el cual esta no podrá operar. ¿Qué identidad atribuirle a un ser humano con ambos sexos o a uno en el que no se puede diferenciar claramente un sexo del otro? Problemas como este hacen a la monstruosidad intrínsecamente transgresora de la ley por lo que esta no podría serle indiferente.  

Es más, Foucault observa que cada época tendrá sus monstruos privilegiados cuyas características estarían intrínsecamente asociadas a las características que asumirían el poder y la ley en cada período. Así, en la Edad Media la figura central de la monstruosidad estaría dada por el hombre bestial. En el contexto de un poder bestial, el hombre bestia representaba una verdadera amenaza al poder real. Pero, a su vez, el Renacimiento, con su afición por la simetría, tendría en los hermanos siameses una figura central de la monstruosidad: que peor que la simetría deforme de los hermanos siameses para una época adoradora de las simetrías naturales y humanas.  Y la época clásica habría encontrado la monstruosidad en los hermafroditas, figura sobre la cual comenzara a elaborarse la nueva forma de la monstruosidad que se desarrollara desde fines del siglo XVIII y comienzos del XIX.

La doble transgresión que implica la monstruosidad, que es tanto una transgresión a la naturaleza como a la ley, supondrá, por tanto, una violación a la ley pero una violación que deja a esta incapaz de dar respuesta dentro de los estrictos límites de la ley. Las respuestas al monstruo se darán, según Foucault, desde la supresión lisa y llana de la monstruosidad por la violencia hasta los cuidados médicos o la piedad, pero la respuesta en si no entraría en el régimen propiamente legal. El monstruo es, según Foucault, la forma más espontanea, extrema y brutal de la contra-naturaleza, una contra-naturaleza que es también la destrucción de la ley social. Lo propio de la monstruosidad es que es ininteligible para la ley, pero esa ininteligilibilidad es su propio principio de inteligibilidad. 

Ahora bien, frente al monstruo como situación extrema, como excepcionalidad atípica, se darán todas las anomalías propias de lo cotidiano pero estas solo tendrán un principio de comprensión, un principio de explicación, en relación a esa gran figura del monstruo que permanece siempre en lo excepcional: “En una palabra digamos que el anormal (y esto hasta fines del siglo XIX y tal vez hasta el XX; […] es en el fondo un monstruo cotidiano, un monstruo trivializado”.

¿No es esta la situación de Dexter? Una monstruosidad hecha cotidiana que pierde su carácter excepcional entra en las formas de la anormalidad. Pero en el caso de Dexter se trata de una anormalidad que no pretende ser reeducada, re-disciplinada, como las instituciones disciplinarias del siglo XIX intentarían hacer. La anormalidad en Dexter no intenta ser reconvertida a la norma sino que puede convivir con ella sin tener que ser necesariamente readaptada a sus formas. Dexter es, si se quiere, un anormal normal, pero en tanto que puede convivir con la norma sin tener que readaptarse a ella está integrado a la norma de una forma distinta a la de la simple desviación, a la del asesino serial que no lleva un código disciplinar, que simplemente reacciona a la norma y es perseguido por ella.   
   
Pero, volviendo a Foucault, dijimos entonces que durante el siglo XVIII y XIX, la noción de monstruo va a cambiar de forma, a la par que se modificaban las formas que asumirá el poder. En el paso de la sociedad de soberanía a la sociedad disciplinaria, no solo se alteraran las formas de ejercicio del poder, no solo se alteraran las formas y principios de castigo, los códigos legales, etc. sino que también se va a modificar la noción de lo monstruoso. Foucault explica esto diciendo que por un lado desaparecen las nociones que ligaban a la monstruosidad con la mezcla, en particular con la mescla de sexos como en el hermafrodita, para pasar a explicarse estas como rarezas de la naturaleza, como deslices o imperfecciones de lo natural pero no como lo propiamente monstruoso. En cambio, esta se va a ver crecientemente asociada a la conducta criminal, haciendo que la monstruosidad no se busque ya propiamente en la naturaleza del ser sino en su comportamiento. El siglo XVIII y XIX descubren el monstruo moral y lo ven a este en la criminalidad, en los comportamientos que se vuelven propiamente inexplicables para la ley, pero ya no en la naturaleza biológica. 

Pero, ¿qué es este monstruo moral?, que ya no supone la monstruosidad en la biología sino en el comportamiento. ¿En que sentido, para el siglo XIX, la conducta criminal podía llegar a ser monstruosa? Según Foucault, la psiquiatría definirá específicamente un tipo de crimen al que se lo considerará monstruoso. Este será aquel que se halle más estrechamente vinculado a la locura, aquel que se halle lo más lejos posible de aquello que puede ser comprendido por la razón. Pongamos un ejemplo que analiza Foucault: una mujer que, sin altercado ni conflicto previo, decide asesinar a la hija de su vecina, a la que había prometido cuidar, no entra claramente en las lógicas de los motivos o móviles inteligibles para un asesino.  

El crimen monstruoso será, por tanto, el crimen sin razón, aquel en el que la ley no puede establecer un móvil o motivo del crimen, donde ninguna explicación racional permita a la ley dar una explicación de la conducta. Y en ese espacio abierto a la sinrazón, allí tendrá un anclaje la psiquiatría, buscando cumplir a la vez una función supletoria de la ley, pero estableciendo a su vez un juicio y poder propiamente medico-psiquiátrico que se extenderá necesariamente más allá de la ley. Lo que la ley le demandará a la psiquiatría será, en primer termino, una determinación de lo juzgable y lo no juzgable, es decir, el establecimiento o no de la demencia en el principio de la acción criminal. Esto será fundamental para un poder legal que es considerado como capaz de juzgar solamente allí donde es capaz de reconocer un juicio de parte del sujeto juzgado, pero que no tiene fuerza o ley allí donde este falta. Y en el crimen sin razón lo que falta es el juicio. 

Según Foucault, mas que asociar el surgimiento de la psiquiatría a la medicina, esta debería ser asociada al desarrollo de la higiene publica pues el principio que dirigirá esta práctica no será tanto un principio científico como un principio político-social. La psiquiatría surgirá entonces para generar una limpieza social orientada, principalmente, en dos direcciones: por un lado, convertir a la locura en una enfermedad, es decir, patologizar los desordenes, los errores, las ilusiones como enfermedad que precisaría tratamiento (vía disciplinaria); pero a su vez, y como presupuesto para lograr aquello, necesitara presentar a la locura como un peligro, como esencialmente portadora de riesgos para la sociedad (vía criminalizadora), a la vez que el peligro social era presentado como una enfermedad. Es decir, que la locura, que era sobre todo un problema político, el de aquel que no se amolda al orden político-social establecido, es presentado y tratado desde la psiquiatría, como una problema pseudo-medico, pseudo-científico, ámbito en el que la psiquiatría podrá adjudicarse autoridad y en el que lo que poseía un principio en el conflicto con el orden social podrá ser tratado como cuestión biológica-natural.        

¿Es extraño entonces que en la serie Dexter los asesinos sean presentados como enfermos? ¿No es eso lo que la psiquiatría instituyo como realidad a principios de siglo XIX? No solo es cierto que pensando al asesino como un enfermo solo nos reasegurarnos en nuestro supuesto sano estado de salud (“Yo que no mato gente estoy bien; el, que es un asesino, es un enfermo”) sino que, aun mas, esta ha sido la estrategia que ha tomado el poder psiquiátrico para constituirse como un factor de poder frente al poder judicial.   

Hacia fines del siglo XIX la psiquiatría tendrá un giro en sus formas de comprender su objeto (la locura) que ella misma había creado algunos años antes. Para esa época esta pasara de ser una psiquiatría del delirio a ser una psiquiatría del instinto, en donde la locura dejara de ser explicada en términos del padecimiento de una realidad ilusoria para pasar a ser comprendida como uno de los avatares del desarrollo de los impulsos instintivos mismos. En este punto es donde la psiquiatría instaura la noción de instinto como explicación subyacente al deseo, que luego retomaría el propio psicoanálisis. En esta nueva explicación de la locura esta ya no esta vinculada al error de la percepción, de los sentidos o del pensamiento, sino al instinto como su motor, como una dinámica irresistible. Así explica Foucault la importancia de la noción de instinto en la nueva psiquiatría de fines del siglo XIX:

“A partir del instinto, toda la psiquiatría del siglo XIX va a poder devolver al ámbito de la enfermedad y la medicina mental todos los trastornos, todas la irregularidades, todos los grandes trastornos y las pequeñas irregularidades de conducta que no competen a la locura propiamente dicha. A partir de la noción de instinto, y en torno de lo que otrora era el problema de la locura, podrá organizarse toda la problemática de lo anormal, lo anormal en el nivel de las conductas mas elementales y cotidianas. Ese pasaje a lo minúsculo, la gran deriva que hace que el monstruo, el gran monstruo antropófago del siglo XIX resulte amonedado, en definitiva, en la forma de todos los pequeños monstruos perversos que no cesaron de pulular desde fines de ese siglo, ese paso del gran monstruo al pequeño perverso, solo puede darse a través de la noción de instinto y la utilización y el funcionamiento de este en el saber, pero también en el funcionamiento del poder psiquiátrico”.

El psicoanálisis no será más que una de las tecnologías de corrección y normalización de los instintos cuyo surgimiento como tema y noción explicativa de la locura se enraíza en el juego de poder dado entre el poder judicial y el poder psiquiátrico durante el siglo XIX. Y es este cambio en los factores explicativos determinantes de la locura para la psiquiatría, lo que le permitirá a esta ampliar su espectro de acción extendiendo su campo ya no solo a la locura sino llevando su poder de intervención tanto al campo de la intervención judicial como al de la intervención familiar. La nueva psiquiatría del instinto encuentra un principio de generalización de su accionar al elaborar su teoría que vincula al instinto y la sexualidad con el  desarrollo de la enfermedad mental. 

Esta generalización de lo psiquiatrizable se realiza, según Foucault, al dejar de inscribir la acción sinrazón en un acto localizado (“el suceso de locura”), para hacerla aparecer a partir de una especie de constelación física permanente (“el desarrollo anormal de los instintos”). Lo que la nueva psiquiatría de fines del siglo XIX buscara son los estigmas permanentes que marquen estructuralmente al individuo, que permita definir una anormalidad constitutiva, un estado anormal congénito. Lo que ocurre es que se reemplaza una psiquiatría de los procesos patológicos por una psiquiatría del estado anormal permanente. A su vez, no se supondrá la existencia de una enfermedad intrínseca a los instintos mismos sino la presencia de un estado de desequilibrio funcional en el que ciertos instintos que deberían ser inhibidos son desarrollados extraordinariamente. 

En este punto, la serie Dexter no hace sino reactualizar el discurso psiquiátrico de fines del siglo XIX. La explicación subyacente a la serie de cómo se constituyen los asesinos sigue siendo la misma: la constelación física permanente (lo sucedido en el pasado carga como un peso inevitable en el presente), los estigmas permanentes (la experiencia de la muerte como constitutiva del deseo de muerte), el desequilibrio funcional (el asesino no haría sino romper con inhibiciones que un individuo normal mantendría). El discurso psiquiátrico de fines del siglo XIX sigue siendo el discurso con el que se explica a un asesino en el sentido común del siglo XXI, pero… ¿no hay nada nuevo bajo el sol? ¿Qué nueva relación tiene Dexter con la norma, esa que ya no lo persigue, que lo integra, que lo quiere de su lado? ¿Qué hay de nuevo en esta relación entre lo normal y lo anormal?   

Repensando a Dexter


Voguel (psiquiatra): ¡Tú no eres un monstruo! ¡Nunca lo has sido! 
Dexter: Cualquiera en mi mesa estaría en desacuerdo. 
V: Dexter, un monstruo, por definición, está fuera de la naturaleza. Tú eres parte del orden natural de las cosas. Con propósito y valor… y  derecho a existir. Cuando llegues a aceptar eso ya no serás más dependiente de la validación de Debra (hermana) o de cualquier otro. 
D: ¡Aun deseo que ella esté en mi vida!
 V: Lo deseas... pero no lo necesitas.

¿Qué nueva noción de lo monstruoso hay en Dexter? ¿Cuál es el monstruo que proyecta el siglo XXI? Aunque el asesinato pueda seguir pareciéndonos un principio de monstruosidad; aunque el deseo de matar planificado, organizado, meditado, en síntesis, limpio de Dexter siga pareciéndonos una monstruosidad, es necesario cuestionarnos si realmente hay un monstruo en Dexter. Y es que este asesino ya no es un anormal cualquiera, un simple asesino que se escapa a la ley; Dexter es, digamos, un nuevo diseño de lo “monstruoso” que, paradójicamente, ya no tiene nada de la monstruosidad.

Foucault nos decía que había que pensar a lo monstruoso como estando presente en el principio de inteligibilidad de lo anormal. El anormal era solo un monstruo empequeñecido y esparcido, diseminado, llevado de lo excepcional a lo cotidiano. Pero Dexter nos muestra a un anormal normal, un anormal que es parte de la norma y que, por tanto, ha perdido toda su monstruosidad; todo lo cual vuelve a colocar  a la monstruosidad en otro plano, uno muy distinto al de este asesino. La monstruosidad es siempre un principio que se escapa a la norma pero el pseudo-monstruo de Dexter es parte de la norma, no su excepción. Pero ¿en qué sentido puede decirse que Dexter pertenece a la normalidad?

En primer lugar: el diseño. Dexter es un asesino que ha sido diseñado, producido, proyectado, planificado; cuyos impulsos han sido abiertamente organizados a partir de un código disciplinar heredado de su padre pero que (de acuerdo a la ultima temporada), este no habría desarrollado solo. Casi como queriéndole buscar una madre a Dexter (su “madre espiritual” se dice en la serie), la última temporada reconcibe el pasado de Dexter desde el presente con la aparición del personaje de la psiquiatra Voguel. Esta mujer habría sido quien habría ayudado al padre de Dexter a concebir el “código”, aquello que diferencia a este asesino de los otros. Entre el policía y la psiquiatra, ambos habrían convertido a Dexter en lo que es, solo que el policía se suicido después de conocer las consecuencias de su creación mientras que la psiquiatra puede convivir con estas. Extremando la cercanía de la ficción a la realidad, la serie nos muestra como hay realmente un psiquiatra detrás del “loco”, del pseudo-loco de Dexter; nos muestra cuán en lo correcto estaba Foucault al decir que era la psiquiatría la que había creado a la locura. 

En segundo lugar: la convivencia. Dexter es un asesino que convive con la policía. No solo trabaja en un departamento de policía, no solo no se siente incomodo estando entre policías, sino que es su cercanía a la policía, su capacidad de conocer como actúa la policía, lo que le permite saber cómo eliminar cualquier prueba, huella o indicio de los asesinatos, es decir, lo que lo mantiene a salvo de ser atrapado. Dexter posee un saber policial, aunque no sea estrictamente un policía, y es este saber que es, en parte, herencia de su padre, y en parte su propio saber como analista de sangre, el que lo mantiene a salvo.    

En tercer lugar: la complementariedad. Los asesinatos de Dexter son el complemento ideal para la policía de Miami ya que Dexter resuelve a su forma todo lo que el departamento de policías no puede resolver.  Permanentemente se muestra a este departamento de policías como completamente ineficaz: no logran detener nunca a los asesinos seriales, si los casos se resuelven es solo porque los asesinos aparecen muertos, sin cuestionar nunca quien es la “mano salvadora” que los resuelve. Dexter es el perfecto complemento de la ley, perfecto complemento de una ley aparentemente ineficaz pero que encuentra su eficacia en un doble suyo.   

Pero entonces, ¿cómo concebir a Dexter?, ¿que es Dexter realmente ya que no es un simple asesino? Dexter es un agente delegado de la ley, es la ley misma en su contra-faz ilegal, funciona como los ilegalismos que actúan para la ley y que son los que realmente la explican según Foucault. Por ejemplo: el narcotráfico es un ilegalismo que la ley construye negándole la legalidad a la drogadicción. Pero ese ilegalismo, construido por la ley, está allí con un fin: hacer posible el negocio del narcotráfico. No es improductivo sino que tiene una función productiva: hacer posible ese negocio. Dexter es la ley misma en la fase de la ley que esta niega de si misma. Es el doble de la ley que la complementa y la vuelve necesaria


Es mas, es posible ver como esta serie viene a mostrarnos algo nuevo sobre nuestra propia realidad. Lo que esta serie nos muestra es un nuevo funcionamiento de la ley, una nueva relación entre lo normal y lo anormal, un nuevo funcionamiento de la norma. En Dexter, la anormalidad viene a ser integrada bajo formas específicas a la norma, lo “monstruoso” es incluido en la norma, esta puesto a trabajar para la norma. El anormal se vuelve un agente delegado de la norma pero este hecho modifica el sentido mismo de norma. El parámetro de lo normal sigue siendo la regla social pero lo anormal no queda ya por fuera sino que es reintegrado a la dinámica de la normalidad. Es por eso que se podría pensar que en este nuevo funcionamiento de la norma, lo normal se anormaliza mientras que lo anormal es integrado a la norma. La ley anormalizada ya no funciona simplemente expulsando hacia lo otro todo aquello que rechaza. Muy por el contrario, la ley le da un espacio a la “otredad”, a la pseudo-otredad, la incorpora a sus reglas de juego ya que esta le sirve como justificadora de su propia existencia. En la sociedad de control la relación entre lo normal y lo anormal es modulada como cuando uno sube o baja el volumen del amplificador: si el volumen está muy alto, lo bajamos un poco pero solo lo bajamos para luego poder volverlo a subir. En este movimiento la sociedad de control produce todo lo “pseudo-otro” que se “pseudo-escapa”, produce la miseria y la inseguridad generalizadas, solo para poder constituirse posteriormente como paliatorios de la miseria y guardianes de la seguridad. La ley anormalizada construye su propia demanda y en ese proceso nos mantiene atados a ella.   

¿Qué nueva regla es esta que incluye a lo anormal en lugar de desviarlo, de reenviarlo hacia lo otro, de extranjerizarlo? ¿A dónde va a parar, por tanto, lo que se escapa, lo que no puede ser asido? ¿Cuál es la línea de fuga monstruosa? Sin que podamos dar una respuesta plenamente satisfactoria, está claro que, el nuevo monstruo de nuestro siglo ya no se fuga, ya no se escapa de nada sino es creando otra realidad; o bien que solo construyendo otra realidad es realmente capaz de crear una línea de fuga. Todo el campo está minado, a derecha y a izquierda, y la salida hay que construirla. Monstruo-obrero, monstruo-obrador o monstruo-artista: no se escapa a nada sino creando.

Lo que Dexter nos mostraría es que ya no solo necesitamos fugarnos de lo normal, sino que también se vuelve imperioso fugarse de la anormalidad, pues esta está integrada a la dinámica de la normalización. En un mundo que, probablemente se vea crecientemente anormalizado, donde la norma integre crecientemente a su doble como una parte de sí misma, como una forma de crear su propia demanda, debemos entender claramente que ninguna anormalidad es realmente una línea de fuga sino, como Dexter, un agente delegado de la norma.

LA FAMILIA ES LO QUE TU HACES CON ELLA


Aparentemente, la familia como conjunto de personas que conviven y solucionan colectivamente las necesidades que hacen a la reproducción  de la vida (comida, abrigo, techo, afecto, sexo), data de los orígenes de la humanidad.  Cuando la antropología se constituye como ciencia en el contexto del imperialismo europeo de la segunda mitad del siglo XIX, los investigadores sociales miembros de los sectores dominantes británicos,  observaban en los confines de las colonias  a grupos nativos  que tenían formas de relación entre ellos y con el entorno  que eran diferentes a las que vivían en Europa. Influenciados por el positivismo y por el corpus de ideas heredadas en su propia tradición,  los europeos juzgaron a estos grupos como representantes de su propia sociedad en estadios previos de evolución.  En  los lazos de parentesco de estos nativos, con sus variedades, observaron  la confirmación de la existencia eterna de la institución familia.  

Según algunos  manuales escolares, estos primeros antropólogos diseñaron la horda primitiva, a la que propusieron sin jerarquía entre sus miembros y cuya  principal diferencia con la familia sería la falta de tabú al incesto. 

L o cierto es que suele definirse como familia  a un conjunto de personas que viven bajo un mismo techo, de diferentes grupos etáreos, organizadas en roles fijos y jerárquicos (padre, madre, hermanos, etc.) con vínculos consanguíneos o no, compartiendo los modos económico y con sentimientos afectivos que los unen. Tiene además la finalidad de generar nuevos individuos sociales, brindándoles la sensación de contención a lo largo de sus ciclos vitales y de controlar el patrimonio y la herencia. Ya  conocemos el protagonismo de la familia en los orígenes del capitalismo como proporcionadora de los hábitos de trabajo, obediencia y lealtad, al tiempo que reproductora de la fuerza de trabajo, afirmando la continuidad entre estas instituciones y la subjetivación.


La fuerza de la familia es tal que muchas veces se apela al lazo de parentesco para legitimar y dar impulso a un discurso,  así las luchas por los derechos humanos y la vida en la argentina desde hace algunos años tienen como nucleamiento y estandarte categorías familiares: madres de plaza de mayo, h.i.j.o.s., madres, del paco, madres del dolor. Del mismo modo el presidente del senado cuando tuvo que desempatar la resolución 125 dando un voto no positivo, en oposición a sus compañeros de banca, inició su discurso, que sabía iba a recepcionarse como una traición, diciendo “soy un hombre de familia, como todos ustedes”. Se autorizó para hablar desde el lugar de un hombre sin duda honesto.

Estructura, institución, red, la familia otorga sustento y educación a las crías. Hay familias cuando hay niños, aunque no toda organización con niños es familia.  En otros siglos incluía también al cuidado de los viejos, pero otras instituciones especializadas en  gerontes  sustituyen en el capitalismo esta función  a cambio de dinero como corresponde a este sistema.

Entonces la familia comparte la unidad de residencia y es la base de apoyo económico común, tradicionalmente también cierta consanguineidad. Según su etimología familia tiene la misma raíz griega que hambre aunque entre los griegos  la institución que más se asemeja al conjunto de lo que venimos considerando familia se llama oikos, unidad domestica y económica.  Oikos se traduce como casa y corresponde más bien a un conjunto de bienes y de personas  nucleados bajo la administración de un patriarca e incluye a la esposa, hijos, hermanos menores, cuñadas, sobrinos, padres ancianos que ya delegaron la autoridad y esclavos. También las tierras y herramientas. Las decisiones las toma el amo. Aristóteles la define en su Política como la comunidad constituida naturalmente para la satisfacción de las necesidades cotidianas. En ella las personas satisfacían las necesidades materiales, de seguridad y adquirían  las normas y valores éticos, así como las obligaciones, las relaciones sociales y las relaciones con los dioses. Sin embargo, a diferencia del mundo actual y dado el rol social de las mujeres,, el matrimonio y la familia respondían en aquel momento explícitamente a una solución jurídica y económica, colocando el amor sexoafectivo a otras esfera (la amistad homoerótica: ver platón).


Sin embargo, hoy en día el cemento de la familia es el amor. Pareciera que el simple nombramiento como familia a algún vínculo que se establece, hace que ese vínculo cambie de status. Se lo considere más intenso, atravesado por las emociones. Así  si dos chicos que duermen en una estación de tren comienzan a acompañarse, pronto el de mayor edad designa al otro ante terceros “mi hermanito”. Se conocen hace pocos días y no importa cuánto tiempo más compartirán, ni se detienen a pensarlo acostumbrados a un presente pleno. Los une un vínculo, una sensación agradable en el cuerpo ante la cercanía del otro que se quiere conservar, ¿influenciados por la necesidad de estabilizar la vida doméstica? Se busca a un Otro que lo cuide.

La incondicionalidad, la permanencia  en el tiempo, parecen ser poco valiosas que el capitalismo tardío. El desamparo se multiplica porque se multiplican los millones de personas tras el boom demográfico. La familia pues se presenta como el último refugio afectivo, aún aquellas atravesadas por las experiencias socialmente más reprochadas aunque no por eso las menos comunes, me refiero a la violencia y al abuso. 

Por lo tanto pareciera que familia es un significante vacio con varios significados empapados de ideología. Sin querer reducir el problema a un juego de palabras, se observa en la escala de significados valoraciones negativas o positivas, ya sea como corset del individuo o reducto de protección. En ambos casos un sujeto previo se amolda o contiene en esta institución, ¿pero no era que nos construimos colectivamente y la importancia de la familia radica en  tratarse del grupo humano más inmediato a cada individuo y por eso el de mayor influencia en su determinación? Por lo tanto ¿será que la valoración de este grupo (como opresor o potencialmente liberador) dependerá de los mismos criterios que aplicamos para el análisis de otros grupos atravesados también y de manera más evidente por cuestiones políticas (como forma de concebir el mundo y actuar sobre él)? Es decir, ¿será que la familia como significado unívoco o cerrado no existe sino que es el resultado de la manera de relacionarse del grupo humano que la conforma? Ciertamente está cargada por roles predeterminados, pero acaso la conciencia y el trabajo de cada una de sus integrantes sobre sí mismas y su vibración en las otras serán elementos suficientes para convertir a la familia en una célula revolucionaria.


Escribo estas líneas en la soledad de mi cuarto  un domingo, día que la religión dominante en esta parte del mundo y por extensión la cultura, destina a la adoración al dios y al descanso, que parece ser lo mismo.  Es el día en que además las familias se juntan a almorzar. Ritual que los medios, en particular la televisión insisten en reflejar. Observo una doble imagen, a mis vecinos compartir un asado y la tele de mis vecinos con la escena familiar. Los veo felices, comparten la existencia. 

LA FAMILIA COMO ENIGMA


Una institución que rebota entre la reproducción social, el amor y las resistencias. 


La familia como célula de la reproducción social.

Mutante e informe, las diferentes formas de familia vienen desafiado la categoría de “familia tipo” y están compitiendo entre sí para alcanzar el podio de la hegemonía. Aquella tipología familiar tradicional –mamá, papá, hijos- nos va quedando más que corta para hablar de familias. En un artículo del diario La Nación de mayo del 2013 , se describe esta mutación familiar desde el espacio de la escuela: luego de la sanción del Matrimonio Igualitario, las docentes han tenido que realizar numerosas formaciones para poder integrar la diversidad familiar que se les aparecía detrás de cada alumno. Una docente dice: “La sociedad evolucionó y las familias ya no son de un solo formato: hay familias tradicionales, familias ensambladas, familias monoparentales, homoparentales”. En este contexto, aquel modelo de familia nuclear dominante va cediendo terreno para compartir espacio con los nuevos formatos (o más que nuevos, aquellos que han sido recientemente legitimados). 

No podemos negar que la reciente legitimación del matrimonio igualitario ha performado sobre lo hegemónico y ha permitido que muchas expresiones afectivas y reproductivas abandonaran su lugar oculto y vergonzante para ser bandera de la diversidad. Sin embargo, compartimos la opinión de Butler cuando apunta a que cualquier legitimación del Estado supone la exclusión de otras infinitas formas, haciendo que una demanda que visibilizaba las constricciones estatales devenga co-productor de las mismas. Es decir, cuando el Estado amplía el margen de las legitimidades, siempre lo hace a costa de excluir otras formas, pero disimulado por la nueva ampliación de los reconocimientos.

Pe-pe-pe-pero, ¿Qué es una familia? ¿Qué expectativas tendríamos sobre lo que la familia debería ser (de la que venimos y de la que podríamos llegar a construir si así lo deseáramos)? ¿La familia debe ser o puede dejar de serlo? 

Algunas hablan de la célula de la sociedad; otras hablan de ella como la gran institución castradora de reproducción social y del capital; otras la mencionan como el último reducto vivo de la afectividad y la solidaridad. Otras piensan que hay que inventar otra cosa para la crianza de las personas y se niegan a llamar aquello que constituyen bajo el nombre de “familia”. 

En este contexto de descategorización, Butler propone hablar de parentesco antes que de familia, definiéndolo como “una serie de relaciones de varios tipos mediante las cuales se negocian la reproducción de la vida y las demandas de la muerte, entonces las prácticas de parentesco serán aquellas que surjan para cuidar de las formas fundamentales de la dependencia humana” . El parentesco buttleriano va mucho más allá de los vínculos consanguíneos e incluye toda una red de personas que se entrelazan para la reproducción de la vida como los amigos y las comunidades,  conteniendo una diversidad mucho mayor de aquella que puede llegar a ser legitimada por el Estado.  

Lo cierto es que la mayoría de los niñxs nacen dentro de una que no eligen y los argumentos se contraponen: que si los padres son autoritarios y estrictos entonces el niño crece reproduciendo aquello que los padres le han inculcado (educación primaria). Que si los padres son progres lo han criado con amor, comprensión y libertad, reproduciendo –al fin de cuentas- aquello que los padres le han inculcado (educación primaria). Que frente a los padres autoritarios es más fácil construir resistencias; que frente a los padres progres es más difícil porque la crianza no ha sido ejercida con violencia explícita. Así las cosas, cuando se miran los casos particulares, las dimensiones no paran de complejizarse, casi como si dijéramos que cada familia es un mundo.


Sin embargo, podríamos decir que, en su tendencia reproductora, la familia se encuentra, por un lado, victoriosa: las luchas por sus contenidos no sólo siguen siendo un terrero híper-disputado, sino que además sigue conteniendo y produciendo la inequidad de género de forma –a esta altura- alarmante. A pesar de las innumerables conquistas, en las familias heterosexuales las mujeres siguen siendo mayoritariamente las que sostienen el trabajo doméstico y de cuidado. Re lindos los relatos de los papis cambiando los pañales y lavando los platos de vez en cuando, pero los números y las historias particulares siguen mostrando que los trabajos de cuidado y crianza permanecen femeneizados. Las imágenes actuales muestran a varones que “ayudan” en las tareas domésticas, pero no haciéndose cargo de igual forma aún. Para las mujeres que trabajan, la conformación de una familia implica otro trabajo más –no remunerado ni reconocido-, haciendo que muchas terminen tensionadas y teniendo que elegir entre una vida laboral o una vida familiar. Las que suman ambas actividades, están que no dan más.     

Ahora bien, por otras partes, la familia sigue siendo cuestionada como la principal institución de organización de la vida cotidiana; incluso a muchas de las personas que la defienden, sostenerlas en el largo plazo les resulta algo altamente improbable.



Pero esta tensión pro y anti familia vive en constante movimiento. Así como podemos hablar de ciclos del capital, nos preguntamos: ¿podemos hablar de ciclos de la familia que los acompañen? Pensando juntos, pudimos identificar que los ciclos del capital venían acompañados de diferentes imaginarios respecto a la reproducción de la vida. Por un lado, los ciclos de Capitalismo de Bienestar aparecen acompañados del imaginario de la familia nuclear (hetero u homo parental), épocas en las cuales las resistencias se constituyen alrededor de la liberación de las formas sexuales y afectivas (amor libre, poliamor, diversidad serxual). En cambio, en los ciclos (neo)liberales del capitalismo son las tendencias más individualistas las que performan en el imaginario, apareciendo los vínculos “sólidos” como resistencias, estando entre ellas la familia. 

¿Ciclos del capital / Ciclos de la familia?

+ Capitalismo de Bienestar
Se fomenta la familia
Se resiste con la libertad sexual y afectiva

+ Capitalismo Neoliberal
Se fomenta el individualismo
Se resiste con lazos duraderos y afectivos como la familia

No es que se trate de uno u otro en un determinado momento histórico exclusivamente, sino que pueden superponerse. Cada caso particular implica una respuesta diferente –sea reproductora o de resistencia-, ya que las hegemonías que identifican y frente a las que resisten son diferentes y a la vez conviven. La percepción de la hegemonía difiere según el espacio que se ocupe, y este espacio es una síntesis particular de dimensiones sociales por las que se está atravesado: clase, género, etnia, territorio, educación, etc. 

Tal vez no nos extrañe tanto encontrarnos hablando de esto, ya que muchos de los que participamos de la revista nos fuimos constituyendo subjetivamente en la crisis del modelo neoliberal, creciendo en medio del insoportable individualismo noventoso. En las universidades, por lo menos, las tendencias asociadas a los socialismos (en sus diversas expresiones) reivindican la institución de la familia. En los barrios y en el campo, son las familias las que articulan entre sí deviniendo formación política. Pero también, ¿se puede escindir al proletario de su prole?  Que quede picando…

Resistencias a y de la familia


De fondo, mientras intenta iniciar la escritura de este segmento, suena la canción “woman” de John Lennon, donde le canta a Yoko que siempre le estará agradecido por haberle enseñado el sentido del éxito y que siempre la va a querer, aunque la lastime de vez en cuando… En la siguiente canción del disco Imagine le canta a su hijo Sean:

Have no fear
The monster’s gone
He’s on the run and your daddy’s here

(No tengas miedo
El monstruo se ha ido
Ha huído y tu papi está aquí)

El hombre que nos invitaba a hacer el amor en vez de hacer la guerra nos llama a armar una familia feliz, amorosa y eterna. Aunque no fuera su primer matrimonio, aunque ya se había desenamorado y había desarmado una familia anterior. Su amorosidad ideal seguía desembocando en el mismo proyecto que reclamaba el conservadurismo: la familia. Pero, ¿cómo?, ¿en el mismo disco que imagina un mundo sin fronteras nacionales vuelve a reintroducir la frontera afectiva de la familia?  



En el proyecto lennoniano, la constitución de una familia ya no se encontraba mandatado por el “deber ser”, por los sacramentos de la iglesia o por las organizaciones de la reproducción material. La familia se convertía en el proyecto del deseo encontrado de dos personas, cuya sucesión de encuentros amoroso-coitales producía al hijo como evidencia de amor romántico. La paternidad asume el lugar de protección amorosa, la seguridad frente a los monstruos del mundo al que el niño se irá enfrentando mientras crezca. Es decir, los padres ya no desearían ser más los monstruos a los que los niños deberían temer. Tal vez a Lennon lo mataron antes de que cantara sobre los arrebatos adolescentes del pequeño Sean y antes del (probable) divorcio de Yoko. Sin embargo, allí ancla la muerte su historia: un buen padre de familia que cree en el amor romántico, en medio de una época post-revolucionaria.   

Pasan las canciones y de repente suena “I’m sticking with you” de los Velvet Underground. La voz de Nico, la cantante estrella –forzosamente- invitada, jugaba con el sentido irónico en su voz adulcorada. El deseo aparece acá como un lugar incómodo, un lugar insoportable donde ella es la densa de la canción. 
I’m sticking with you
‘Cos I’m made out of glue
Anything that you might do
I’m gonna do too

(Yo me pego a ti
Porque estoy hecha de pegamento
Cualquier cosa que tú hagas
Yo también la haré)

La ironía se encuentra atravesada por un sentir insoportable: cuando me enamoro quiero tener a esa persona cerca todo el tiempo, hacer todo lo que esa persona haga. Pero es Nico y canta con humor. Ahora bien, eso le pasa. No quiere que eso sea lo correcto, está buscando conjurarlo con esa ironía del humor. Pero le pasa. Se resiste, es un bajón. Pero le pasa. A sus 50 años, su devenir madre concluyó con su propia muerte andando en bicicleta con su hijo, al que le había regalado un kit para el consumo de heroína a los 18 años. Una maternidad un poco más border que la paternidad lennoniana; un deseo que no pretende consumarse en las instituciones del amor romántico.

¿A qué venía todo este rodeo? Ah, si. A que no todo en el mundo de la familia es mera reproducción, continuidad y estructura. Si decimos que Lennon venía de ser criado por su tía luego de que su madre se lo entregara, abandonado también por su padre, ¿podemos empezar a hacernos una imagen donde la familia tipo lennoniana es una ruptura, una discontinuidad? ¿Y si contamos que Nico creció en una familia tipo? ¿y si miramos nuestras propias familias o los casos de nuestras amigxs, compañerxs y conocidxs? ¿En casa de herrero cuchillo de palo? No, no. Tampoco nos engañemos. Hay muchas continuidades. Pero no solo eso.   

Familia, deseo  y amor.


Si el enamoramiento del amor romántico tal como lo conocemos es un invento reciente de la modernidad y ha logrado constituirse como el fenómeno que da (o debería dar) inicio a un proyecto familiar, entonces marca definitivamente la subjetividad de una época. Porque, aunque sea en cualquiera de sus variantes formales, el enamoramiento cachetéa a todo el mundo que lo ha experimentado alguna vez en su vida, y una vez que se ha sido cacheteada ese golpe deviene el parámetro más alto de nuestro registro de intensidad. Eso y la muerte. 

Recientemente, el amigo Badiou presentó su libro Elogio del Amor, donde reivindica el encuentro entre dos personas como aquella instancia donde el sujeto realmente se des-centra y refuta el individualismo imperante de la sociedad contemporánea en ese encuentro con el otro. En días actuales, también hay que reconocer que hay personas incapaces de enamorarse. El enamoramiento supone una fuga del yo, una fusión productiva (productiva en tanto produce afectividad) con el otro relativamente incontrolable, puesto que no se elige de quién una se enamora y no se elige quién habrá de enamorarse de uno: el deseo puede fugar de cualquier proyección. 

Sin embargo, las sociedades van codificando esas intensidades, las rotulan, las guionan, les construyen carriles por los cuales ese nomadismo deseante termina ordenado, organizado y fijado en instituciones reconocibles. Aún cuando parezca retrógrado, el camino del amor tiene un gran guión del cual cuesta mucho trabajo (y sí que se hace!) correrse. Gustarse, ser novios, convivir, casarse, tener hijos, tener una casa, un auto, envejecer, tener nietos, morir: una verdadera autopista hecha para quienes caigan bajo el influjo del amor romántico. Dentro de estas constelaciones edípicas, el deseo que no se organice en la direccionalidad institucionalizada de la familia sedentaria aparece como un deseo trunco, frustrado, insatisfecho, incompleto. Cuando un amor se termina se suele decir “no funcionó” en vez de pensar “estuvimos amándonos/encontrados por x tiempo hasta que un día ya no”. 



Pero el destino es incierto. Cada vez las instituciones del deseo sexual son más diversas y ya no puede hablarse entre dos polos excluyentes como solía identificarse: el de sexualidad comprometida por amor y el de la sexualidad escindida del afecto. Entre ambos, los afectos sexuales-amorosos siguen siendo (porque se siguen experimentando como) una novedad, cada uno en un sentido diferente. Las personas viran de una relación monogámica a vínculos laxos de intercambio sexual; pasan de relaciones pluriamorosas a parejas monogámicas; van de soledades alargadas a relaciones múltiples; de amigos a amantes, de amantes a amigos; para resumir, en todas se vira en todas las combinaciones posibles. Pareja, novio, amigovia, garche, amigarcha, marido, amiga cariñosa, amor, concubino, compañero, novio de mi novia, novia de mi novia, filito, viejo garche, ex (a secas o en combinación con cualquiera de las anteriores), chongo... Neurosis, oh si.

Como el amor está raro, muchas personas comienzan a desligar el amor de la reproducción de la vida. No sólo se proyectan relaciones por fuera del devenir familiar, sino que ahora también se proyectan hijos por fuera de las instituciones de pareja: muchxs comienzan a pensar en tener hijos con amigos o dentro de comunidades como respuesta a los vaivenes amorosos. La amistad como vínculo de amor no romántico aparece como una respuesta a la familia romantizada, donde el afecto es una producción decidida, probada y más estable que los bolonquis del deseo amoroso-sexual. 

Algunas proclaman que la era del amor libre ha encontrado finalmente su época. Otras advierten que, al contrario, la figura de la familia aparece nuevamente levantando las banderas del orden afectivo. Otras cambian de bandera cada 5 años o cada 3 meses, algunas no cambian nunca. Nadie está segura; y si alguien lo está, entonces nadie le cree.  



MATRIMONIOS Y ALGO MÁS


Anécdota 1.  Terminan los años 80 y se debate la posibilidad de sancionar una ley de divorcio. El comité capital del Partido convoca a sus militantes y explica el plan. Se trata de poner mesas de difusión en cada esquina de la calle Corrientes y difundir una postura favorable al divorcio. Tomar contacto con la gente y explicar que el divorcio es la mejor manera de defender la familia. Al principio nos desconcertamos pero luego el dirigente explico pacientemente. “Actualmente –dijo- hay familias que se destruyen porque los cónyuges no pueden seguir viviendo juntos pero lo hacen igual por la inexistencia del divorcio. Gracias al divorcio se pueden formar nuevas familias con personas que quieren estar juntas”.  Salimos entusiasmados con la consigna a propagar la buena nueva. Promediando la actividad se acerca el típico barbudo bienpensante que pulula por Corrientes Avenue y me comenta con aires preocupados: “Me resulta raro que un partido revolucionario se proponga defender la familia”, y es lo único que logro escuchar mientras intento venderle el periódico. La frase barbuda queda rebotando en mi mente.  Ni bien retorno a casa  vuelvo a hojear El origen de la familia, la propiedad privada y el estado de Federico Engels.

Y sí, el libro era bastante claro: por lo visto, los marxistas no deberían defender la familia. Lejos de esta pretensión, en el libro se afirma que la familia monogámica “Se funda en el predominio del hombre; su fin expreso es el de procrear hijos cuya paternidad sea indiscutible; y esta paternidad indiscutible se exige porque los hijos, en calidad de herederos directos, han de entrar un día en posesión de los bienes de su padre”. Ciertamente no parece Engels comprometido en la defensa de los valores familiares e incluso, sin abandonar un punto de vista predominantemente económico, se revela como feminista antes de su tiempo. Esto se evidencia cuando, en páginas posteriores, anuncie que el derrocamiento del derecho materno por la familia monogámica fue la gran derrota histórica del sexo femenino. En un futuro no tan lejano Simone de Beauvoir va a agradecer mucho estas líneas.



Recapitulando, la familia es una institución cuyo fin es garantizar la propiedad  y la monogamia. Se afirma luego que se trata de una forma de la esclavización de un sexo por otro. En fin, me parece que si Engels hubiese pasado por la calle Corrientes aquel día no me hubiese dicho nada diferente de lo que me dijo el barbudo bienpensante… es más, sospecho que aquel barbudo no era otra cosa que una encarnación del mismísimo Federico.

Me entusiasmo con la lectura y leo que “La monogamia es la forma celular de la sociedad civilizada, en la cual podemos estudiar ya la naturaleza de las contradicciones y de los antagonismos que alcanzan su pleno desarrollo en esta sociedad”.  Había aprendido en el secundario que la familia era la célula básica de la sociedad pero aquí se sube la apuesta y se afirma que la monogamia es el centro de los antagonismos que se desarrollan a escala social. Familia igual monogamia igual propiedad parece ser la fórmula.  Hippies, libertarios, poliamorosos y, otra vez Simone, sonríen satisfechos.

Hasta acá venimos fenómeno, pero la siguiente frase me llena de inquietud: “Pero dado que, por su propia naturaleza, el amor sexual es exclusivista -aun cuando en nuestros días ese exclusivismo no se realiza nunca plenamente sino en la mujer-, el matrimonio fundado en el amor sexual es, por su propia naturaleza, monógamo”. La unión de esta cita con la anterior puede conllevar consecuencias funestas para el campo emancipatorio. Si antes la fórmula era familia monógama igual propiedad privada, ahora se desliza como al pasar que el amor sexual es exclusivista -o sea monógamo- por naturaleza. La monogamia es la base subjetiva de la propiedad y ésta es inevitable por su propia naturaleza, por ende, si hay amor sexual habrá propiedad privada y capitalismo. Amor sexual o Emancipación es la consigna. Ante semejante opción, digamos que las posibilidades de la revolución disminuyen fuertemente. 

Mis investigaciones sobre el tema se vieron suspendidas súbitamente. Unos meses después era expulsado del Partido y un par de años después me separaba de la monogamia. Sin embargo, la duda que me plantó el barbudo iba a seguir trabajando unos cuantos años después.

 Anécdota 2.  Ahora estamos en la primer década del siglo XXI y se está por promulgar la ley de matrimonio igualitario. Se prepara una gran marcha para apoyar esta iniciativa y lxs activistas diversxs están de parabienes. Por todas partes se habla del tema y no es ajeno a esto el programa radial de Alejandro Dolina. Entre los correos que llegan al estudio uno interroga acerca de la posición del conductor radial  sobre el matrimonio igualitario e incluso le pregunta si irá a la marcha.  Se hace un largo silencio y Dolina responde que no cuente con él en esa marcha; que igualitario o no, el matrimonio es una institución detestable, que sí participaría en una marcha contra el matrimonio.

La anécdota tiene cierta gracia si consideramos que Dolina es un peronista ortodoxo que supo acompañar a Ruckauf y el oyente que envió el correo probablemente fuera de izquierda o, por lo menos, progresista. Sin embargo, aún en la agenda de la izquierda está presente la reivindicación por el matrimonio igualitario. Se considera que es una ampliación de derechos, que permite la adopción, que posibilita la herencia o que no deja indefenso a nivel patrimonial a quienes compartieron una vida juntos. Todo esto es rigurosamente cierto, pero también es evidente que no se señalan los aspectos perniciosos que la institución matrimonial conlleva. Se omiten prolijamente los vínculos entre matrimonio y propiedad privada, y ni hablar de que se naturaliza la monogamia.  

El escozor que produce la defensa acrítica del matrimonio me reenvió a las inquietudes que un par de décadas antes me había producido la defensa izquierdista del divorcio como reaseguro de la institución familiar. Mis lecturas ya no eran las mismas y si bien el cuerpo de la doctrina marxista es bastante más avanzado que las prácticas actuales de los partidos de izquierda, también es cierto que el problema que se me había presentado un tiempo atrás permanecía irresuelto. Si efectivamente el amor sexual es el combustible que alimenta el sistema de la propiedad, pues habría que revisitar este tema. 

Desde hace un tiempo viene preocupándonos en la revista el tema del deseo.  Asentados en una facultad repleta de activistas, estamos atravesados por discursos que hacen centro en una versión restringida de la política.  La política que se declama acepta, en líneas generales, la división entre lo público y lo privado, por lo que amplias esferas de la vida quedan fuera de sus preocupaciones. Aquella consigna feminista de que la revolución se hace en las plazas y en las camas definitivamente no está de moda en Sociales. La defensa a ultranza de la familia que es regla en Trabajo Social y en muchas materias de Sociología no es problematizada por parte de los estudiantes.  Los autores que tematizan estos temas están ausentes en los programas y afirmaciones -como las de Wilhem Reich- acerca de que las masas desearon el fascismo son desconocidas y provocarían ciertamente un rechazo unánime en un ambiente de fuerte predominio populista…  

Incluso entre las personas de Eskalera reunidas para investigar el tema del deseo nos resulto conflictivo pensar el tema de la familia, el deseo de la familia. Luego de arduas discusiones recalamos en Deleuze y Guattari y vimos que estos se ocupaban ampliamente del tema y planteaban posibles soluciones a los dilemas que aparecían sin resolver en los textos de Engels. Reivindican a Marx y a Freud por sus descubrimientos, pero los ponen a jugar de una manera distinta a la que conocíamos, por ejemplo, en Reich. Dice uno de los  franceses: “Cuando Marx buscó el acta de bautismo de la economía política burguesa, su respuesta es muy clara: Ha sido fundada en el momento en que la esencia de la riqueza ya no se relaciona con un elemento objetivo exterior extrínseco sino con una actividad subjetiva en tanto tal”.  Antes de este momento, se creía que el origen de la riqueza provenía de la tierra o del Estado, o sea, de   elementos objetivos exteriores. Ahora se va a afirmar, en cambio, que este origen proviene de una actividad subjetiva, la actividad productora en general. Sin embargo, esa actividad productora en general va a ser rápidamente capturada por una determinación (ahora subjetiva) que es la propiedad privada. La economía política burguesa va a terminar subordinando la actividad creadora del trabajo al capital.


Freud habría hecho un descubrimiento similar al de Marx. Como resultado de sus investigaciones sobre el deseo, postula que la satisfacción de este no se halla atada a ninguna determinación exterior. No hay un objeto que pueda satisfacer la actividad productora deseante: “Freud rompe con el sistema de representación objetiva que relacionaría el deseo a los elementos extrínsecos –a los objetos, a los fines- y descubre su esencia subjetiva como líbido”. Hasta aquí la similitud con Marx, pero luego el Dr. va a recaer en el mismo tipo de pecado que había cometido la economía política burguesa. Freud descubre la líbido, pero “al mismo tiempo, la realiena ya no en un estado de cosas, sino en algo que va a ser como el equivalente de la propiedad privada. Esta esencia del deseo, determinada como líbido, va a ser realineada  en acto, en su mismo acto, en el acto familiar”  

De esta forma, la economía política burguesa y el psicoanálisis se parecen y se necesitan. Dirá Deleuze que si la economía burguesa desarrolla la axiomática del capitalismo, entonces el psicoanálisis es una aplicación de esta axiomática.  Pero ¿qué es la axiomática? Sabemos que los franceses coquetean con las ciencias duras, en especial las matemáticas o la geometría, y siempre que pueden deslizan conceptos de esas disciplinas en su propio aparato teórico. La axiomática es un sistema de reglas finitas que permite la estructuración de una materia infinita, afirma con aires de misterio. Se podría decir, de un modo quizás    más accesible, que la actividad del socius encierra más posibilidades que las que acepta la gramática capitalista; que la actividad productora y deseante puede no quedar atrapada en las mallas de la propiedad y la familia.  
De este modo, algunos de los enigmas que heredábamos del texto de Engels empezaban a tener respuesta. Si el aporte de Federico era relevante, lo era especialmente porque establecía un nexo entre deseo y propiedad, inédito para la época, pero por las limitaciones propias de su tiempo solo concebía el amor en su forma exclusivista, o sea, propietaria. En el esquema de Deleuze, el deseo desborda cualquier estructura, por lo que puede también alimentar opciones alternativas a la axiomática capitalista.  Respiramos aliviados: puede haber amor sexual y socialismo al mismo tiempo.  Pero....

Anécdota 3. Esto fue ayer nomás. Estoy en clase en el conurbano bonaerense y venimos debatiendo acerca de la moral y la ética. Nos preguntamos acerca de la discriminación y unas chicas animan a un estudiante a que cuente la historia de su prima. La historia es corta: la prima es lesbiana y tiene una novia, los padres descubren el romance y luego de golpearla la echan de la casa. Pregunto cuál es el problema con la orientación sexual de la chica.  Se quedan pensativos y contestan: en el barrio se dice que la familia no la supo criar bien  y el estudiante primo agrega que esto es cierto, que como no le daban bola terminaba jugando al futbol con los pibes y esto la hizo así, lesbiana. Fiel al estilo filosófico insisto con la pregunta. ¿Y cuál es el problema con esto? Larga meditación en el aula conurbana mientras afuera los del municipio cortan el pasto con la maquina a todo volumen.  Alguien se envalentona y grita sobre el ruido: “Lo que pasa es que no le va a dar nietitos”.  Esto concita gestos aprobatorios.  Les recuerdo que con la reciente sanción del matrimonio igualitario está garantizada la descendencia para  personas del mismo sexo, y me acuerdo de las palabras lapidarias que pronunció Federico sobre el matrimonio. Esto quizás haya alegrado a la familia de la chica porque unos meses más tarde la habían aceptado de vuelta en el seno familiar.

No sabemos qué hubiese pensado nuestro Federico E. del amor sexual entre chicas. Sin embargo, seguro se sorprendería de la flexibilidad de la que es capaz la axiomática capitalista, que puede conjugar en su seno cualquier enunciado que no contradiga la propiedad privada. La familia acepta a la chica diversa cuando percibe que puede haber nietos con derechos, que se puede reproducir más familia. En fin, que no resulta tan grave lo de la chica.

Luego de este recorrido termina quedando claro que el barbudo que pululaba por Corrientes estaba asistido por la razón. Definitivamente era extraño que un partido revolucionario defendiera a la familia. Definitivamente, también tenía razón cuando me rechazó el periódico que yo le ofrecía. Supongo que, al igual que a Dolina, jamás lo encontraríamos marchando por la legalización de ningún matrimonio. Desde aquel día decidí dejarme la barba y no emprendo largos viajes sino es con El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado en mi maleta.


COCINA - CONFLICTOS DE FAMILIA


Como fue mencionado en la editorial, la cuestión de la familia estuvo presente desde el inicio de las reuniones del presente número. Incluso en los momentos donde ya parecía que los argumentos y las posiciones habían sido agotadas, siempre, pero siempre, aparecía una dimensión más que ponía contra las cuerdas a una u otra posición, incluso a las relaciones que se iban estableciendo entre estas posiciones. En las siguientes páginas trataremos de reponer lo que fuimos charlando durante muchos encuentros, las derivas de un tema que se nos colaba por la ventana.  Y a continuación un pequeño mapa para guiarse en la situación.   De todas maneras no debemos olvidar que: El mapa no es el territorio ¡!

"La familia como célula del capital"
La familia organiza y disciplina la afectividad y la sexualidad  y las constriñe a cierto tipo de vínculos que la orientan hacia la reproducción de la fuerza de trabajo. 

/// ¿Qué otro tipo de vínculos amorosos/deseantes podemos construir que no devengan en la organización familiar del afecto? ///

"La familia como enigma"
La familia, aunque mute, viene sobreviviendo. Algo pasa ahí que se nos escapa. 

/// ¿Por qué institución condenada a muerte hace décadas sigue sobreviviendo? ¿Por qué no se han consagrado las otras formas de reproducción de la vida frente a aquella? ///

"La familia como último refugio de contención ante la fragmentación social"
La familia es el último reducto de contención afectiva que tiene un sujeto en medio de la imperante disgregación social 

/// ¿Qué podemos pensar para que la familia funcione como contención pero no sea el dispositivo disciplinador del deseo? ///

EDITORIAL #8


En la Eskalera #7 cruzamos miradas sobre el 2001. En ese número dábamos cuenta de que, luego de la agitación de ese año, nos encontramos una década más tarde con una recomposición del Estado y con una reorientación de los deseos de la sociedad hacia un orden que nos conduciría hacia el progreso. Observamos esto en el crecimiento de la aceptación y en el pedido de mayor presencia de dispositivos estatales (por ejemplo en la asignación universal por hijo) o en la  reconstitución de mecanismos de intervención del Estado en la economía; también en la participación creciente a través de canales oficiales de militancia y  el re-encauzamiento de las demandas hacia instituciones estatales. Percibimos -en la misma dirección- la ascendente legitimación social de la represión. Veíamos que no sólo el rumbo de las demandas se reorientaban, sino también las orientaciones del deseo. 

Nació allí una primera incomodidad: los instrumentos lógicos y teóricos con los que contábamos nos resultaban insuficientes para explicar cómo opera esta nueva (o vieja) constitución del deseo. Por eso partimos en búsqueda de nuevas interpretaciones, otras herramientas teóricas que nos permitieran abordar aquello que se nos presentaba inasible: el deseo

Este año, una vez decidido el camino del deseo como tema eje de la #8, en nuestras primeras reuniones emergía casi instantáneamente otra incomodidad: cada vez que se planteaba un tema específico, que tocara la organización de la vida cotidiana y sus sentidos, las discusiones no eran para nada fáciles: abordar estos temas nos habilitaba una serie de pensamientos atravesados no solo por cuestiones políticas, sino también por poderosas fuerzas afectivas.

Además hemos notado que cuando se piensa en política muchas de nosotras  asociamos este problema al orden discusivo, a los enunciados, las afirmaciones, los reclamos, a las prácticas en tanto sean capaces de ser traducidas discursivamente, aquello que ponemos en palabras. Sean estos discursos de derecha o de izquierda, como lugar común la política está asociada a lo consciente, a lo que la gente puede decir, puede afirmar como su opinión, como su creencia o incluso a aquello que puede recordar, a los relatos de la historia y de la realidad. Frente a esta posiciones de la enunciación pareciera que algunas  prácticas que no son fácilmente reductibles a lo discursivo y lo no simbolizable, quedará por fuera de la política, de lo inmediatamente político, aquello que generalmente asociamos con el orden de lo privado, por ejemplo, los sentimientos, los hábitos, nuestras prácticas más inmediatas, no parecieran ser directamente objetos de la política sino solo y en tanto que entran de manera explícita en el orden público. 

Por otra parte, existen ciertas formas de hacer política que sin negar la materialidad de la escisión publico-privado, buscan diluir todo límite entre esas instancias en beneficio de lo público, creando  formas de vida que pretendan re-educar toda nuestra realidad, deshacer completamente estos registros inconscientes, tratando de racionalizar hasta el extremo nuestro vínculo con en el mundo, sea este en un sentido de izquierda o de derecha, con el riesgo de devenir en sectas que imitan la forma de una congregación religiosa o un partido político.  


En una división tradicional, que o bien separa, lo público de lo privado o bien trata de diluir completamente esta escisión tratando de racionalizar todos los aspectos de la vida, como si nada pudiera escaparse a lo consciente, vemos el común problema de asociar la política exclusivamente con ese plano. Luego de muchas lecturas durante la confección de la revista se hicieron recurrentes dos ideas. La primera es la que advierte sobre que lo inconsciente no es reductible por completo a lo consciente y la segunda es que el plano de lo inconsciente, de lo no discursivo es un fuerte condicionante de nuestro comportamiento.  Lo cierto es que una política centrada solo en sus productos conscientes no puede dar cuenta de este fenómeno.  De este modo  corremos el riesgo de sentirnos amos de lo dicho ahí donde no somos más que esclavos de lo no dicho.  

En uno de los textos que leímos Freud comparaba el aparato psíquico con la ciudad de Roma.  En esta ciudad advertía permanecen en adyacencia restos arqueológicos junto a edificaciones ultramodernas. Algo similar ocurriría en el aparato psíquico donde permanecen sentimientos originarios que son fundantes de la subjetividad junto a las racionalizaciones más refinadas. Lo cierto es que cuando intentamos una construcción política sopesamos casi exclusivamente las racionalizaciones en detrimento de los sentimientos más básicos, aun cuando estos sentimientos suelen estar en el corazón de las racionalizaciones políticas e incluso, muchas veces, las rigen. Y si no pensemos en aquello que Freud describe como sentimiento oceánico y que consiste en una sensación de desdibujamiento del yo que remite a las primeras etapas de la psiquis, la unidad originaria entre el recién nacido y la madre, efecto de totalidad con el mundo.  Este sentimiento estaría en la base de experiencias políticas de masas y es predominante más que cualquier racionalización a la hora de explicar fenómenos como el del populismo. 

Sin embargo no resulta sencillo abordar un fenómeno político desde un ángulo que considera como constitutivos a los sentimientos o los deseos. Sobre esto nos preguntamos ¿es separable lo afectivo y lo discursivo?  Y si lo fuera ¿es posible trabajar sobre lo afectivo?  Sobre las dificultades de abordar en forma directa los sentimientos, sirve a modo de ejemplo, lo siguiente:

      “En una clase cualquiera, en una materia llamada Proyectos de Investigación, un docente busca llevar materiales que traten de poner en cuestión temas cercanos a la realidad de los estudiantes, adolescentes de un barrio pobre del conurbano bonaerense. Hay un artículo sobre los conflictos en los boliches y otro sobre el embarazo adolescente en el que se intentan pensar las causas de esos problemas, vinculándolos a la propia experiencia de los allí presentes.
        En el proceso de problematización estalla una bomba: muchos adolescentes se sienten hostigados por el simple hecho de que se ponga en cuestión el embarazo adolescente en clase. Los estudiantes se quejan: que los adolescentes tengan hijos no es un problema que se pueda pensar como problema de investigación, mucho más cuestionable les parece que el docente quiera poner en cuestión ese tema en una clase. Estos estudiantes no sólo que no ven ningún problema en tener hijos siendo muy jóvenes sino que quieren tenerlos.
     Para este tipo de sensibilidad la realidad surca lo inmediato y tener hijos es parte de una realización personal. Si un hijo limita tus proyectos de vida eso para ellos no es un problema: es eso lo que ellos quieren, ellos desean engendrar. Ese docente piensa: “Son proletarios, lo único que tienen es su propia prole. Evidentemente estos chicos perciben de otra forma la realidad.”

En el ejemplo anterior el docente quiso pensar discursivamente lo afectivo encontrándose con un rechazo pleno desde ese plano por parte de los estudiantes. 



Insistimos, ¿es posible modificar lo afectivo?  Entonces se nos presenta la imagen del militante que aun teniendo consciencia de que descorcha esa gaseosa gobernado por un impulso construido por la publicidad, la bebe con placer. Sabe que esa felicidad es fabricada, que hay una dimensión que no puede controlar con su conciencia. Quizás visibilizar que se trata de un impulso construido sea el primer paso para liberarse de esta dominación. Entendemos que sólo colectivamente (atendiendo a los diferentes tiempos de los participantes) podemos  hacer este trabajo de reconocimiento,  desentramar los guiones de la vida afectiva impregnados en la memoria y en la química de nuestros cuerpos.

Un candidato a diputado que se sabe derrotado dispara enunciados con los que intenta atrapar votos, así avisa que trabajará para la baja de la edad de imputabilidad, mientras que las estadísticas sostienen que es ínfima la cantidad de crímenes cometidos por la franja etaria a la que se quiere atribuir delitos. No obstante la idea de un niño asesino nos estremece, el afecto rige lo político.  Del mismo modo es imposible la política sin afectaciones, cómo se explica sino el morir por ideales. 

Pero ¿qué posibilidades hay de operar sobre aquello que no se controla pero que nos condiciona? Quizás sea posible mediante la construcción de dispositivos que nos permitan trabajar políticamente sobre el deseo, postergando lo inmediato es decir los deseos que nos atan al mundo tal cual se nos presenta, para  privilegiar aquellos deseos que proyecten otros mundos posibles.

En medio de esta pregunta escribimos algunas notas en las que reflexionamos sobre diferentes dispositivos para trabajar lo afectivo que permitan construir otras subjetividades. Agrupamos nuestra producción en tres bloques.

Por una parte, abordamos el dispositivo clásico de organización del deseo, la familia, en diferentes matices desde la mirada más crítica hasta una condescendiente y progresista. Además de algunas preguntas por el matrimonio igualitario, incorporamos en este bloque el análisis de la serie Dexter, en la que se da profunda importancia de lo familiar en la construcción del perfil del personaje, que es asesino en serie. A partir del concepto de monstruosidad en el límite entre lo normal y lo anormal, en Dexter observamos el encauzamiento del deseo para que pueda hacer máquina con la sociedad.

En un segundo bloque indagamos acerca de algunos neo-dispositivos dominantes, nos referimos así a la publicidad, el psicoanálisis y el tarot, tres reductores de angustia de las sociedades actuales. 

Considerando que los paliativos del malestar existencial descriptos intentan detener el movimiento de la vida que los desborda, preferimos preguntarnos por soluciones que nos permitan habitar la diversidad. Así, en el tercer bloque, escribimos también sobre micro-intervenciones, dispositivos de organización del deseo en experiencias alternativas de búsqueda, ensayo de cambios en la disposición de los cuerpos.