En la Eskalera #7 cruzamos miradas sobre el 2001. En ese número dábamos cuenta de que, luego de la agitación de ese año, nos encontramos una década más tarde con una recomposición del Estado y con una reorientación de los deseos de la sociedad hacia un orden que nos conduciría hacia el progreso. Observamos esto en el crecimiento de la aceptación y en el pedido de mayor presencia de dispositivos estatales (por ejemplo en la asignación universal por hijo) o en la reconstitución de mecanismos de intervención del Estado en la economía; también en la participación creciente a través de canales oficiales de militancia y el re-encauzamiento de las demandas hacia instituciones estatales. Percibimos -en la misma dirección- la ascendente legitimación social de la represión. Veíamos que no sólo el rumbo de las demandas se reorientaban, sino también las orientaciones del deseo.
Nació allí una primera incomodidad: los instrumentos lógicos y teóricos con los que contábamos nos resultaban insuficientes para explicar cómo opera esta nueva (o vieja) constitución del deseo. Por eso partimos en búsqueda de nuevas interpretaciones, otras herramientas teóricas que nos permitieran abordar aquello que se nos presentaba inasible: el deseo
Este año, una vez decidido el camino del deseo como tema eje de la #8, en nuestras primeras reuniones emergía casi instantáneamente otra incomodidad: cada vez que se planteaba un tema específico, que tocara la organización de la vida cotidiana y sus sentidos, las discusiones no eran para nada fáciles: abordar estos temas nos habilitaba una serie de pensamientos atravesados no solo por cuestiones políticas, sino también por poderosas fuerzas afectivas.
Además hemos notado que cuando se piensa en política muchas de nosotras asociamos este problema al orden discusivo, a los enunciados, las afirmaciones, los reclamos, a las prácticas en tanto sean capaces de ser traducidas discursivamente, aquello que ponemos en palabras. Sean estos discursos de derecha o de izquierda, como lugar común la política está asociada a lo consciente, a lo que la gente puede decir, puede afirmar como su opinión, como su creencia o incluso a aquello que puede recordar, a los relatos de la historia y de la realidad. Frente a esta posiciones de la enunciación pareciera que algunas prácticas que no son fácilmente reductibles a lo discursivo y lo no simbolizable, quedará por fuera de la política, de lo inmediatamente político, aquello que generalmente asociamos con el orden de lo privado, por ejemplo, los sentimientos, los hábitos, nuestras prácticas más inmediatas, no parecieran ser directamente objetos de la política sino solo y en tanto que entran de manera explícita en el orden público.
Por otra parte, existen ciertas formas de hacer política que sin negar la materialidad de la escisión publico-privado, buscan diluir todo límite entre esas instancias en beneficio de lo público, creando formas de vida que pretendan re-educar toda nuestra realidad, deshacer completamente estos registros inconscientes, tratando de racionalizar hasta el extremo nuestro vínculo con en el mundo, sea este en un sentido de izquierda o de derecha, con el riesgo de devenir en sectas que imitan la forma de una congregación religiosa o un partido político.
En una división tradicional, que o bien separa, lo público de lo privado o bien trata de diluir completamente esta escisión tratando de racionalizar todos los aspectos de la vida, como si nada pudiera escaparse a lo consciente, vemos el común problema de asociar la política exclusivamente con ese plano. Luego de muchas lecturas durante la confección de la revista se hicieron recurrentes dos ideas. La primera es la que advierte sobre que lo inconsciente no es reductible por completo a lo consciente y la segunda es que el plano de lo inconsciente, de lo no discursivo es un fuerte condicionante de nuestro comportamiento. Lo cierto es que una política centrada solo en sus productos conscientes no puede dar cuenta de este fenómeno. De este modo corremos el riesgo de sentirnos amos de lo dicho ahí donde no somos más que esclavos de lo no dicho.
En uno de los textos que leímos Freud comparaba el aparato psíquico con la ciudad de Roma. En esta ciudad advertía permanecen en adyacencia restos arqueológicos junto a edificaciones ultramodernas. Algo similar ocurriría en el aparato psíquico donde permanecen sentimientos originarios que son fundantes de la subjetividad junto a las racionalizaciones más refinadas. Lo cierto es que cuando intentamos una construcción política sopesamos casi exclusivamente las racionalizaciones en detrimento de los sentimientos más básicos, aun cuando estos sentimientos suelen estar en el corazón de las racionalizaciones políticas e incluso, muchas veces, las rigen. Y si no pensemos en aquello que Freud describe como sentimiento oceánico y que consiste en una sensación de desdibujamiento del yo que remite a las primeras etapas de la psiquis, la unidad originaria entre el recién nacido y la madre, efecto de totalidad con el mundo. Este sentimiento estaría en la base de experiencias políticas de masas y es predominante más que cualquier racionalización a la hora de explicar fenómenos como el del populismo.
Sin embargo no resulta sencillo abordar un fenómeno político desde un ángulo que considera como constitutivos a los sentimientos o los deseos. Sobre esto nos preguntamos ¿es separable lo afectivo y lo discursivo? Y si lo fuera ¿es posible trabajar sobre lo afectivo? Sobre las dificultades de abordar en forma directa los sentimientos, sirve a modo de ejemplo, lo siguiente:
“En una clase cualquiera, en una materia llamada Proyectos de Investigación, un docente busca llevar materiales que traten de poner en cuestión temas cercanos a la realidad de los estudiantes, adolescentes de un barrio pobre del conurbano bonaerense. Hay un artículo sobre los conflictos en los boliches y otro sobre el embarazo adolescente en el que se intentan pensar las causas de esos problemas, vinculándolos a la propia experiencia de los allí presentes.
En el proceso de problematización estalla una bomba: muchos adolescentes se sienten hostigados por el simple hecho de que se ponga en cuestión el embarazo adolescente en clase. Los estudiantes se quejan: que los adolescentes tengan hijos no es un problema que se pueda pensar como problema de investigación, mucho más cuestionable les parece que el docente quiera poner en cuestión ese tema en una clase. Estos estudiantes no sólo que no ven ningún problema en tener hijos siendo muy jóvenes sino que quieren tenerlos.
Para este tipo de sensibilidad la realidad surca lo inmediato y tener hijos es parte de una realización personal. Si un hijo limita tus proyectos de vida eso para ellos no es un problema: es eso lo que ellos quieren, ellos desean engendrar. Ese docente piensa: “Son proletarios, lo único que tienen es su propia prole. Evidentemente estos chicos perciben de otra forma la realidad.”
En el ejemplo anterior el docente quiso pensar discursivamente lo afectivo encontrándose con un rechazo pleno desde ese plano por parte de los estudiantes.
Insistimos, ¿es posible modificar lo afectivo? Entonces se nos presenta la imagen del militante que aun teniendo consciencia de que descorcha esa gaseosa gobernado por un impulso construido por la publicidad, la bebe con placer. Sabe que esa felicidad es fabricada, que hay una dimensión que no puede controlar con su conciencia. Quizás visibilizar que se trata de un impulso construido sea el primer paso para liberarse de esta dominación. Entendemos que sólo colectivamente (atendiendo a los diferentes tiempos de los participantes) podemos hacer este trabajo de reconocimiento, desentramar los guiones de la vida afectiva impregnados en la memoria y en la química de nuestros cuerpos.
Un candidato a diputado que se sabe derrotado dispara enunciados con los que intenta atrapar votos, así avisa que trabajará para la baja de la edad de imputabilidad, mientras que las estadísticas sostienen que es ínfima la cantidad de crímenes cometidos por la franja etaria a la que se quiere atribuir delitos. No obstante la idea de un niño asesino nos estremece, el afecto rige lo político. Del mismo modo es imposible la política sin afectaciones, cómo se explica sino el morir por ideales.
Pero ¿qué posibilidades hay de operar sobre aquello que no se controla pero que nos condiciona? Quizás sea posible mediante la construcción de dispositivos que nos permitan trabajar políticamente sobre el deseo, postergando lo inmediato es decir los deseos que nos atan al mundo tal cual se nos presenta, para privilegiar aquellos deseos que proyecten otros mundos posibles.
En medio de esta pregunta escribimos algunas notas en las que reflexionamos sobre diferentes dispositivos para trabajar lo afectivo que permitan construir otras subjetividades. Agrupamos nuestra producción en tres bloques.
Por una parte, abordamos el dispositivo clásico de organización del deseo, la familia, en diferentes matices desde la mirada más crítica hasta una condescendiente y progresista. Además de algunas preguntas por el matrimonio igualitario, incorporamos en este bloque el análisis de la serie Dexter, en la que se da profunda importancia de lo familiar en la construcción del perfil del personaje, que es asesino en serie. A partir del concepto de monstruosidad en el límite entre lo normal y lo anormal, en Dexter observamos el encauzamiento del deseo para que pueda hacer máquina con la sociedad.
En un segundo bloque indagamos acerca de algunos neo-dispositivos dominantes, nos referimos así a la publicidad, el psicoanálisis y el tarot, tres reductores de angustia de las sociedades actuales.
Considerando que los paliativos del malestar existencial descriptos intentan detener el movimiento de la vida que los desborda, preferimos preguntarnos por soluciones que nos permitan habitar la diversidad. Así, en el tercer bloque, escribimos también sobre micro-intervenciones, dispositivos de organización del deseo en experiencias alternativas de búsqueda, ensayo de cambios en la disposición de los cuerpos.




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